martes, 22 de julio de 2014

CAMINO DEL TERCER ACÚSTICO DE VERANO CON ANDRÉS SUDÓN Y MARTA PLUMILLA












Cuando nos planteamos llevar a cabo nuestros acústicos de verano, teníamos muy claro que debían ser conciertos especiales, de ahí que invitáramos a pasar por NdelT a Mario Raya y a Moncho Otero y Rafa Mora.
Este último acústico de verano que tenemos previsto ofreceros es tan especial que le hemos pedido a Antonio de Pinto y a Andrea Mazas que nos escriban un texto sobre los dos músicos que tendremos este jueves con nosotros: Andrés Sudón y Marta Plumilla.
Y aquí tienen el texto:

la órbita de la incertidumbre: Andrés Sudón y Marta Plumilla
Dicen que la vida en pareja es como una ciudad sitiada: los que están dentro quieren salir y los que están fuera quieren entrar. Algo parecido ocurre con la etiqueta «canción de autor». Basta que nos digan «Lo tuyo suena muy a cantautor» para que nos excusemos y aleguemos que tenemos otras influencias musicales. Por contra, a lo de «Pero tú no eres cantautor, ¿no?» es fácil preguntarse si no estaremos más cerca de sonar en Kiss FM que en alguna emisora de radio alternativa. No vamos a entrar en definiciones. Bastará con poner dos ejemplos de lo que, a nuestro juicio, bien puede representar con creces este género.

Andrés Sudón, según Antonio de Pinto
Andrés Sudón es brujo, vive y, además, es consciente de casi todo. Le encanta discutir con los camareros porque es un domador de hormigas y pulgas y, también, como Chaplin, es un poco payaso y un gran actor que intenta interpretarse de la mejor manera a sí mismo. Es un tío que lleva gafas pero ve perfectamente, que se empeña y se esfuerza por construir el edificio de su persona defendiendo la naturalidad, que sangra al componer y dar forma a sus canciones pero, en el fondo, busca amores indoloros, que juega al yoyó con el mundo vestido con tutú mientras te hace un estofado. Sus temas no son los propios del hombre medio que habita nuestras ciudades sino los centrales de siempre: el amor, la vida, la muerte, la libertad, la consciencia, las tetas de la de al lado… Se siente inseguro cuando se empieza a sentir seguro y se ha comprometido consigo mismo a no comprometerse, a reorientarse cuando note la más mínima traición de él hacia sí mismo, porque quiere ser fiel de verdad. No le gusta jugar a la guerra civil en los bares pero anda como un soldado, no es comunista pero quiere montar una comuna, tiene un toque mesiánico pero desconfía de los mesías. Su número favorito es el tres pero busca con ahínco el trébol de cuatro hojas, no le gusta que le robe los mecheros, es un tipo amable, simpático, suave, borde, áspero y melancólico, cuando voy con él muchas veces nos encontramos a nosotros mismos en la versión viejuna paseando por Vallekas o Malasaña casi de la mano y por eso solo queremos crecer y no envejecer. Respeto y admiro lo que hace porque huye de la mediocridad, sorprende cuando no es sorprendente y rezuma frescura como el agua de limón.

Marta Plumilla, según Andrea Mazas
Mi admiración por Marta Plumilla puede traicionar mis palabras, volverlas cursis, puede hacerme perder, al hablar de su hacer, el buen atino con que ella retrata la emoción del ser humano, del hecho de ser persona, por encima de cualquier etiqueta pero por debajo del bien y del mal. Sus letras parecen haber estado tan a mano de cualquiera hasta que ella las escribe que uno siente algo de rabia al escucharla pero, si alguna vez ha intentado alcanzar la delicada sencillez de Plumilla, se le pasa pronto, porque sabe lo complicado que es llegar a ella. Probablemente seamos muchos los que intentemos, al crear, desprendernos del prejuicio, de la construcción, del artificio, de la literatura que rodea cada sentimiento ancestral y muy seguramente sean pocos los que consiguen dejar al descubierto solo la esencia, la emoción en estado puro pero poético. Marta Plumilla sabe hacerlo. Ese es su don. En su corta trayectoria sobre los escenarios ha aprendido a hacer de ellos su medio, su medio líquido. No es una sirena sino un pez cósmico en un salón de baile inverosímil: al principio nosotros miramos sin entender bien sus pasos, pero ella nos sirena con su canto hasta hacernos formar parte de él. Un pez cósmico no ofrece conciertos ni recitales. Ofrece rituales o, dicho de un modo más profano, espectáculos. El espectador se ríe con ella, de ella y de sí mismo, y llora con ella, porque sus canciones son las canciones de todos: tiene nuestros deseos, espanta a nuestros fantasmas, sueña nuestras pesadillas y ama a nuestro amante. En definitiva, ella musicaliza nuestras preguntas sin pretender responderlas. En sus letras solo llega a atisbar un posible indicio del camino que podría llevarla a dar con una incierta respuesta. Pero ese indicio es tan honesto, tan verdad, que nos vale como respuesta para el día en que por fin la escuchamos.


Lo advertimos: no íbamos a entrar en definiciones. Un cantautor es más que sus canciones. Quizá sea sus tres miradas sobre el mundo: la forma en que quiere pasar por él, la forma en que se da a él y la forma en que lo recibe y, después, lo devuelve en forma canción para disfrute de otros. Andrés y Marta son solo dos ejemplos (no definen una definición) y ellos eligen quedarse en la no decisión, en la indefinición: son seres vivos, en constante cambio: ¿con qué nos quedamos de ellos?, ¿con qué se quedan ellos de ellos? A la cierta claridad que asoma en las canciones de uno, el otro le echa un pulso con las sombras de las suyas. Son dos cantautores, dos planetas, Tierra y Marte, que comparten un universo, un punto de partida: la inmensidad de la vida entre dos signos de interrogación. A partir de ahí cada cual sigue su camino creativo, su órbita de incertidumbre. Ahora bien, cuando se cruzan se produce el ritual, el espectáculo que juntos ofrecen, sin acuerdo, sin réplica. Crean un conflicto que solo puede resolver la emoción de quien escucha sin esperar nada, ni siquiera media respuesta.


¿No les apetece apuntarse y venirse con nosotros este jueves?

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